lunes, 6 de abril de 2020

Cálcelo sin compromiso.



Comprar zapatos para muchas personas es un trauma, para otros es una delicia, para nosotros de chinos era lo que mi papá dijera. Por eso nos gustaba más ir con mi mamá a comprar, porque ella nos dejaba escoger, mi papá no.

Con mi mamá íbamos al Restrepo, un barrio conocido en Bogotá por la cantidad de almacenes del ramo, pero con mi papá era a San Victorino, una especie de centro comercial al aire libre, donde la calidad de los zapatos no era muy vistosa, más bien duradera que era lo que mi papá buscaba, y también precio.

Entonces fue cuando aprendí el proverbio de meterse en los zapatos del otro. Me gustaron apenas los vi, eran completamente diferentes a todo lo que había usado. Brillantes, con una hebilla dorada a un lado, la puntera redonda, pero no tenían mi número, solo estaban los de la vitrina y creo que una talla menos. Me los medí haciendo caso a la vendedora que insistía como todas las vendedoras del barrio El Restrepo: "Cálcelo sin compromiso".
Apenas me los puse supe que no eran para mi, pero la vendedora insistió: “Al llegar a la casa le mete un trapito con alcohol en la punta y eso le cede”. Mentiras, los compramos, y tan solo al llegar a la casa, los probamos de nuevo, y supe que me había equivocado por bastante.

Cuando decían en la casa: ¿Ya vieron los zapatos que le compraron al Alonso? y me los hacían poner, no sabían la clase de tortura a la que me estaban sometiendo. Me duraron tres largos, meses que me parecieron tres años. El alcohol del barrio se acabó de tanto que le puse, y jamás cedieron. Me sacaron ampollas que luego se convirtieron en callos, y sufrí por varios años hasta que con un poco de callicida fueron eliminados.

Entonces a lo largo de mi vida comprendí dos cosas: Primero; que nunca debo comprar nada que no me quede bueno, y segundo que es bueno meterse de vez en cuando en los zapatos de otro, para comprender la situación del prójimo.

Hasta luego

Alonso.

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