viernes, 3 de abril de 2020

Mi Pasión.

 He dedicado gran parte de mi vida al servicio de las personas, que habiendo cometido un error cayeron en la cárcel.

Siempre tuve miedo a la policía, porque cuando era un niño de unos seis años, salí a pasear por el centro de Bogotá con mi hermano mayor. Entonces con el frío de la mañana bogotana, me dieron ganas de orinar. Mi hermano me puso a hacerlo junto a un poste de la luz que había frente a la Corte Suprema de Justicia en la calle novena. Un policía que cuidaba esa vieja casona, me llamó duramente la atención y desde ahí quedé traumatizado.

Cuando veía un policía me quería orinar. Más tarde cuando era adolescente, la policía perseguía a los jóvenes que jugábamos fútbol en la calle, nos llevaban al cuartel y nos ponían a lavar los baños y a barrer toda la noche, entonces era todo un trauma ver un policía.

Pero como Dios tiene todo preparado, usó a un policía para que descubriera cuál iba a ser mi pasión en el llamado al ministerio:Los encarcelados. Teníamos una empresa que alquilaba películas, y el mismo comandante de la Estación se hizo cliente nuestro. Fue así que nos hicimos amigos, y me consiguió el permiso para entrar todas las noches a llevarles el mensaje del evangelio a los encarcelados. Fueron tres años atendiendo a estas maravillosas personas.

Vimos tantos milagros, y tanta gloria de Dios en ese lugar. Es que el milagro más grande no es que el ciego vea, no es que el cojo ande, es ver a un criminal dejar las armas y convertirse en un padre de familia ejemplar, ese es el verdadero milagro, la conversión de un ser humano de las tinieblas a la luz.

Más adelante querido lector voy a estar escribiendo testimonios y vivencias de este trabajo hermoso que Dios nos permitió hacer en las cárceles de Colombia y fuera.



Hasta entonces.

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